31 de marzo de 2013

Diario de un inmigrante


Hacía frío. Tenía miedo…

Salí de mi país con mi pequeña familia, mi padre, mi madre y mi hermanita en busca de una oportunidad. Mi sueño siempre había sido poder estudiar y  trasladarnos a Europa sería una gran ventaja para conseguirlo. Hasta ahora lo más que he conseguido es ser como una mercancía, peor tratado que un animal que no le importa a nadie.
Mi familia y yo pasamos muchas penurias para conseguir el dinero para el viaje, teníamos un pequeño puesto en el bazar, vendíamos chilabas, objetos de cristal típicos de aquellas tierras, recuerdos para los turistas que de vez en cuando dejaban alguna pero mísera propina. En mi país, Túnez no se consigue dinero tan fácilmente como en Europa, la gente intenta sobrevivir día a día, y el tener una tienducha a penas da para comer, pero aún así, íbamos saliendo adelante, y ahorrando un poco. El conseguir dinero, exigió el esfuerzo de toda la familia durante mucho tiempo.  Mi madre y mi hermana mayor tuvieron que ejercer oficios de mala reputación, tuvieron que vender sus cuerpos a desconocidos para poder conseguir más dinero y así salir antes de aquella tierra que tan poco nos aportaba, todo por un futuro mejor.  Fue un gran sacrificio. ¿Y para qué? Para un “billete” en un cayuco.
Sí,  como suena, un simple, e inestable cayuco, que a la mínima podría volcar y dejarnos a todos como un recuerdo sumergido en el mar, y que nadie sabría que alguna vez existió. A pesar de la suma de dinero que habíamos acumulado, no bastó para algo mejor, no, y así, mientras Ellos disfrutaban en sus lujosas mansiones, nosotros nos estuvimos jugamos la vida tratando de llegar al otro lado de un mar que, en el mejor de los casos, nos provocaría una pulmonía; o simplemente seríamos devueltos a nuestro país, pero por suerte no fue así. 

No sé exactamente cuantos días pasaron mientras estábamos metidos en aquella embarcación tan mala, empecé a perder la cuenta justo cuando por falta de comida y de agua, mi cabeza se desconectó automáticamente de mi cuerpo, reflejando en mi subconsciente imágenes borrosas, oscuras, llenas de recuerdos amargos. No sé cuanto estuve así, lo único que recuerdo es que cuando me desperté estaba en un hospital, con mi madre y mi padre al lado, pero sin mi hermana; que por lo que mi madre me contó había muerto en el intento, si es que era demasiado frágil como para sobrevivir, la persona que mejor me entendía se había ido para siempre, ¿de qué valía estar allí, o haber trabajado tanto para perder a alguien de tu propia sangre? No valía de nada, absolutamente de nada…

El tiempo pasó, y mi padre encontró un trabajo digno, bueno medianamente, porque al ser un inmigrante sin papeles, no había mucho donde escoger. Mi madre se quedó embarazada, y yo… pues empecé a estudiar como pude en un colegio público. Las cosas me iban muy mal, no sabía a penas hablar el idioma de donde habitaba, España; y la otras familias me miraban extrañados al ver a alguien como yo en este país, era como un bicho raro en una sociedad llena de gente que por ser de otra raza distinta a la suya te mira por encima del hombro. 

Poco a poco, fui aprendiendo a defenderme solo en el que ahora iba a ser mi país, aunque sólo fuera de acogida; y fue entonces cuando puse en práctica este diario que ahora espero que alguien esté leyendo. Con respecto a lo que había venido a hacer aquí, estudiar, lo conseguí, tardé un poco más de la cuenta pero después de todo el esfuerzo terminé la E.S.O. En mi estancia en aquel instituto, conocí a una mujer bellísima, era morena, tenía la piel del mismo color que yo, los ojos verde esmeralda, el pelo negro azabache, y una sonrisa que embaucaba a todo aquel que recibiera una sonrisa suya. Era como un caballo pura sangre, era perfecta. Después de hablar con ella un par de veces me di cuenta de que era la mujer de mi vida, y que sería la madre perfecta para mis hijos, así fue. Hubo demasiadas complicaciones en nuestra relación, ella era de raza gitana, y yo musulmana, se separó de su familia, y mis padres la acogieron como si fuera su hija, por fin algo había empezado a tener sentido, o al menos eso creía...

Cuando todo parecía que me iba bien, que había formado una maravillosa familia y que tenía la mitad de lo que quería, sucedió algo que por poco me hunde para siempre, mis padres, que habían dado todo por mi, fallecieron de imprevisto en un accidente de tráfico. De todas las personas que me importaban, tres ya se las había llevado el destino, y aún así salí adelante.

Después de todo no había llegado a España para dejarme vencer, había ido en busca de una nueva oportunidad, y lo había conseguido con esfuerzo, aunque no fuera por completo. empecé a escribir este diario cuando apenas tenía la mayoría de edad, de eso hace ya quince años, y miles de cosas me han pasado a lo largo de este tiempo. Sucesos que no son más que buenas y malas cosas, lo que a cualquiera le puede ocurrir en esta vida. Ya que ésta no es más que un camino con diversas salidas, y que si te toca la medianamente buena, no te debes quejar, porque eso es mejor que nada.

Si escribí esto, es para que otra gente que esté en mi situación, se dé cuenta de que no sólo ellos pasaron por algo así. Estas líneas espero que sean un aliento esperanzador.
Cuando llegué a España, tenía apenas quince años, y pasé de ser un inocente niño a ser un hombre de repente, fue muy duro, pero al final valió la pena. Conseguí mucho más de lo que tenía, tuvo un precio, pero lo logré: un futuro mejor. Eso era lo que mi padres habían deseado desde mi nacimiento, y me siento orgulloso de ello. Aunque he de decir que lo pasé muy mal, es cierto...

Hacía frío. Tenía miedo.

31 de julio de 2012

Muros

Nos decimos que somos inaccesibles. Nos empeñamos en convencernos de que lo somos porque cuando nos dejamos querer, existe la posibilidad de que también nos hagan daño. Así que de pronto, hay un muro. Un muro, mil ladrillos y el corazón. Un cobarde que tiene miedo a romperse y a no saber recomponerse. También nos empeñamos en salvar a la gente. En rescatarlos, en no dejar que se hagan daño, pero la verdad, es que, a veces, somos nosotros los que necesitamos ser salvados de la oscuridad. Y sin más, seguimos tirando por la gente que creemos que vale la pena, hasta que un día, no sabemos ni quiénes somos ni en qué momento nos hemos perdido, y caemos en la cuenta... ¿Quién nos salva a nosotros? Nadie...

13 de julio de 2012

Nada es eterno.

No tengo nada interesante que escribir. No tengo palabras ni historias sobre dragones o hadas madrinas. Ni princesas que esperan dentro de una urna a su príncipe, ni tan siquiera una historia que hable de dos amantes que se entregan el uno al otro en una cama. Ni ogros, ni duendes, ni un nosotros o un tú y yo por separado. Nada. Hoy no hay nada. No tengo nada que ofrecer. O puede que todo. Quién sabe. 

Puedo decir que, a veces, en nuestras vidas, es necesario dejar salir a gente, pero que también entran otras personas. Que el corazón se rompe demasiadas veces a lo largo de los años, pero que siempre termina recomponiéndose. No importa lo que cueste, siempre, sus piezas, terminan por juntarse. Que la gente es mala, o quizá no mala, sino imbécil. Que nos fijamos en todo aquello que se nos prohíbe sin importar desde la altura que, al fin y al cabo, terminaremos cayendo. Que el mal, en cualquier momento, aflora en nuestro interior. Cuando crecemos, dejamos de buscar monstruos debajo de la cama porque nos damos cuenta de que estos monstruos están en nuestro interior.

Que si quieres a alguien, pero de verdad, no hay nada más que importe. Pero que sino te corresponde, tampoco hay mucho que hacer. O sí. Normalmente es lo primero. Que los celos, son una mierda, ya lo dice la canción: ''Los celos son mitad falta de sesos y mitad inseguridad''. Que cuando alguien duda si quiere a la otra persona, es que ya no hay amor. Y que cuando esta persona se va, se va; no va a volver si realmente no te quiere. Da igual lo que hagas. Da igual. Así que paras y sigues tu vida. Porque hay más vida, hay más gente, hay más medias naranjas, aunque en ese instante digas: 'Me acabo de dar cuenta de que soy una persona y no una media naranja'.

Que es necesario madurar a tiempo. Puedes madurar más, pero nunca quedarte atrás, porque serás un retrasado en el tiempo. O al menos lo veo así. Tonterías las decimos y hacemos todos con 20, 30 u 80 años, pero eso no significa tener cierta inmadurez. Que no sólo las frutas maduran en los árboles. Nosotros tenemos que hacerlo y no pasa nada, aunque ser responsable y adulto, sea un verdadero asco.

Que un 'siempre' es eso, siempre. No un tal vez. Ni un sí, claro, lo hago por quedar bien. Que la verdad de la verdad, es que duele, aunque a nadie le gusten las mentiras. Que llega un momento en la vida en la que todos nos cansamos y decimos: 'O estáis o no estáis a mi lado, basta de tonterías y de idas y venidas'; y también decimos que 'Si me quieres, que sea hasta sangrar'.

Que todos tenemos 'Perlas' en nuestra vida, gente que nos marca y que nos acompaña mientras nos caemos y nos levantamos. Que a veces hay mucha gente que nos espera cuando todo nos va mal, pero poca cuando nos va bien. La poca es lo que importa.

Que a pesar de todo esto... Nada es eterno. Nada. Y que por muy rodeados que estemos, siempre estaremos solos.

5 de julio de 2012

Hoy estuve allí. En el lugar al cual no voy desde hace dos años, casi tres. Todo había cambiado. El jardín ya no era tan verde como lo había sido, o al menos yo no lo recordaba así... Había más árboles y las palmeras se erguían como grandes e imperiosas señoras de un reino.

El agua ya no estaba limpia, la habían dejado de cuidar y los patos nadaban algo tristes... La jaula de pájaros debió de haber volado junto con ellos porque tampoco estaba. Recuerdo que me encantaba pasar allí las tardes. Aunque lo que más me gustaba era ver la cola del pavo real de mil colores.

La otra parte, la fría y rocosa también había cambiado. Y es que todos, con el tiempo lo hacemos, bien para mejor o bien para peor. Pero lo hacemos. El laberinto de cuevas y su olor a tierra húmeda me trajo recuerdos demasiado vívidos. Mi primero novio... mi primera entrada saltando un muro mientras el recinto estaba cerrado... el primer grito de pánico por encontrarme a alguien allá en la oscuridad... el primer resbalón tonto con los amigos... y el deseo de un pozo. Ni si quiera sé que pedí, cualquier tontería, me imagino.

Hoy estuve delante del pozo de los deseos. Otra vez. Como años antes. Tiré dos monedas con el mismo deseo porque una lo hice de espaldas y no podía arriesgarme a que no se cumpliera. 

Dos monedas. No se porque... ¿La verdad? No creo que en esas cosas. Pedí que ella, la persona que estaba a mi lado en ese momento no se fuera nunca, pero sé que no lo hará, que siempre estará ahí pase lo que pase. Alguien con quien has subido a la Torre Eiffel debería de pasar el resto de su vida contigo, o al menos yo pienso hacerlo, estar ahí cuando más y menos lo necesite.

Todos necesitamos a una persona. Cristina Yang tiene una, Meredith Grey. Y yo tengo otra, a ella. Todos necesitamos a una persona que nos recomponga en los peores momentos, y en los mejores, que te haga reír hasta quedarte sin respiración. Todos necesitamos a alguien. Incluso en ese instante en el que te refugias del abrasador calor, a la sombra de un león.


2 de julio de 2012

Ojalá pudiera regalarte este cuento. Cógelo.

Te regalo un cuento. Podía haber sido un paseo por el parque o una canción a medio hacer. Una carta de amor, un café en tu plaza favorita o un truco de magia sin apenas ensayar. Pero no. Quería que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que nos echemos de menos. Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole nuestros corazones unidos. Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues una copia a quien más te apetezca. Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. 

Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa imborrable cuando estoy a tu lado.
Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.

Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí misma mientras me imagino tu cuarto desde lo alto del cielo, antes de lanzarme en picado sobre tu almohada.

Te regalo un cuento sin trama ni desenlace final. Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte del resto del mundo. Quererme un poco más que hace cinco minutos y hacérmelo saber, de alguna manera.

Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de llamarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.

Un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a tus hijos y a los míos, a tus nietos y a mi abuela. A las calles y a los parques. 

Te regalo un cuento sin papel de colores ni un "espero que te guste”.  Un cuento que habla de ti y de mí, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo.
Te regalo este cuento...

19 de junio de 2012

Confesiones

No hay nada que haya podido calmar mis monstruos interiores. Nada. Al menos así fue hasta hoy, hasta hace unas horas. Ni si quiera he comido en mi tiempo libre. Me senté en una terraza con música y un libro entre manos. 100 y pico páginas y los monstruos, con la versión orginial de Gladiatior de fondo, comenzaron a ronronear.Al fin había paz.

Ese momento de silencio interior me hizo pensar en mí misma. Si mis monstruos eran tan terribles eso hacía de mí una persona así. No podía ser de otra forma. 

Tengo mentido, es cierto, como todo el mundo. Mentir trae consigo duros castigos, yo tuve uno, perdí a alguien hace tiempo... Ni tan si quiera recuerdo haberlo hecho, porque a veces, nos cabreamos y soltamos barbaridades sin más, sin sentirlo, pero lo hice o eso me dijeron, y no, no me lo perdonaré nunca. Una marca en mi piel. La primera marca para recodarme lo que hoy tanto odio. Las mentiras.

En Anatomía de Grey dijeron que 'La verdad de la verdad es que duele'. Me da igual. Me importa una mierda que duela. Supongo que me he convertido en una Cristina Yang de la vida, no me gustan las personas que mienten, porque yo también lo he hecho, así que si tiene que doler, adelante.

No me preguntes si me gusta tu vestido, tu novio, tu amiga, tu tatuaje, tu forma de actuar, porque si no me gusta, y pretendes que te diga que sí, no podré. No hay más.

También me enamoré, pero al final nos quisimos mal. Prometí no volver a enamorarme... Hace tiempo me gustaban los abrazos, pero ya no. Estoy harta de abrazos que dejan mis brazos rotos. Harta de egoísmo. Segunda marca. La más idiota, la más alocada, la que me pone los pies en la tierra y es que querer duele si quieres mucho... aunque odiar también agota, hace demasiado que no odio a alguien, años, no vale la pena.

Capazarón de tortuga

Mi tercera marca va por los que han estado ahí. Siempre. Desde pequeña. Porque son mi meta. Mis poetas vivos, un ejemplo a seguir. Se aprende de los mejores. En la vida me enseñaron a luchar por lo que se quiere, no tenemos límite, no insistamos en ponérnoslo. Nunca sabremos hasta dónde podemos llegar sino lo intentamos.


Tres marcas. Tres partes de mí. Aunque a decir verdad... hay muchas más dentro. Pero eso ya es otra historia.


12 de junio de 2012

Reflexiones en un autobús...



Preparas tortitas con chocolate dos veces al mes durante un año y un día te despiertas y la otra persona, con tu corazón en la mano te suelta: ¿Te duele? ¿Sí? Bien

Tu palpitante órgano se cae al suelo, se mueve como un pez fuera del agua. Tú en vez de cogerlo y darle cariño, lo dejas ahí, ahogándose. El corazón es muy cabrón. Te preguntas por qué coño no se podría haber quedado ahí dentro, pero no hay respuesta. Es un cabrón y punto.

Te recompones. Todo vuelve a su sitio, y es que dicen que el tiempo lo cura todo. Esta vez haces tortitas y lasaña para uno. Así de simple. Cantas hasta quedarte afónica. Pero de pronto, sales, conoces a alguien, bueno, das una décima oportunidad, y el cabrón de tu corazón vuelve a sus andadas. 

Quieres pero no. Puedes pero no. Tu corazón quiere, pero tus monstruos interiores no. Se revuelven en tus entrañas, ellos son más sensatos. Te intentan proteger, aunque cada vez que lo hacen se produce una hecatombe de la que salen heridos.

Tus monstruos te protegen tan bien que empiezas a pensar... Y afirmas...

El amor, señoras y señores, es una mierda. El que dijo, ojos que no ven, corazón que no siente, era un gilipollas...

Y sin embargo, sabiendo esto, mientras el mundo se derrumba, nosotros nos seguimos enamorando.